Potosí y Sucre, polos opuestos

Llevábamos dos horas de carretera por tierras bolivianas, en cada curva el paisaje me cautivaba más y aún nos quedaba una hora para gozar de este espectáculo.

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El bus se detuvo frente la antigua terminal de buses de Potosí, anunciado la última parada. Bajamos, agarramos nuestras mochilas rojas de la bodega y fuimos a buscar un hostal.  Esta vez no habíamos reservado nada, pero teníamos tres opciones anotadas en un mapa. Decidimos ir caminando a investigar cuál era la mejor, sin embargo, no contábamos con las empinadas cuestas que nos encontramos en el camino, añadido al cansancio acumulado que llevábamos encima.

Después de visitar el segundo hostal, nuestros ánimos decaían; los dos hostales estaban muy mal, se nos acababan las opciones y ya estaba oscureciendo. Por suerte, la tercera fue la vencida, y nuestra última opción el Hostal Felcar, nos agradó. Dejamos los bártulos, salimos a cenar a un local cercano y a dormir. Estábamos muertos después de todo lo vivido en la etapa anterior del viaje y necesitábamos recargar energías.

Potosí es una ciudad situada al sur de Bolivia, a 3,900 msnm, en las faldas del Cerro Rico, donde se encuentra lo que fue la mina de plata más grande del mundo en los siglos XVI y XVII. Después de las últimas semanas ajetreadas, de dormir poco y del subidón de Uyuni, nos entró un bajón en Potosí; los días eran fríos, Gaby estaba helada y el aire de la ciudad estaba especialmente polucionado por la falta de filtros en los vehículos. Aquella ciudad nos pareció triste, gris y sin ningún atractivo especial.

Esta perspectiva cambió significativamente al día siguiente, cuando visitamos la Casa Nacional de la Moneda. Allí nos recordaron dónde nos encontrábamos. La Casa Nacional de la Moneda fue fundada en 1572 por el virrey Francisco de Toledo y no fue hasta 1940 que el Gobierno de Bolivia la cedió a la Sociedad Geográfica y de Historia de Potosí, para administrarla. Desde entonces, organizaron un museo y archivo histórico, que actualmente recoge una parte importantísima de la historia de la colonización española y de la circulación de las monedas a nivel mundial. Gaby anotó en su libreta que, para ella, fue de los museos más interesantes que visitamos, y yo no puedo estar más de acuerdo con esa afirmación.

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Todas las visitas al museo se hacen con guía, lo cual es fantástico para informarse y entender la historia de este interesante lugar. Lamentablemente está prohibido tomar fotos en todos los espacios interiores del museo. Empezamos por unas salas repletas de obras de arte mientras que la guía nos explicaba alguna de ellas. Casi todas pertenecían a la escuela de arte de Cusco y estaban elaboradas por indígenas. Lo que nos sorprendió fue que, en la época colonial, los indígenas no estaban autorizados a firmar sus obras, con lo cual ponían su firma escondida en alguna parte de la obra. Y así lo comprobamos en una obra de Diego Giuspe, un pintor indígena que ponía su firma en las páginas de una pequeña Biblia que formaba parte de su obra de arte.

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Había pinturas que relataban parte de la historia de Potosí y la esplendorosa etapa en que era una de las ciudades más ricas del mundo. Cuentan sobre la importancia que tuvieron las minas de plata del Cerro Rico y cómo éstas fueron explotadas por los colonizadores. Se dice que se podría haber construido un puente de plata desde Potosí hasta España con todo el material que se extrajo; como contrapunto y aún más impresionante, se podía construir uno de vuelta con todos los esclavos fallecidos en el las minas y el tratado de la plata.

Nos mostraron todo el proceso mediante el cual transformaban la plata extraída en monedas con valor comercial. Después de fundir la plata y obtener una especie de lingote de plata, se pasaba a las máquinas laminadoras, donde se realizaban las láminas de plata sobre las cuales, posteriormente, se trazaban y cortaban las monedas. Las máquinas laminadoras fueron traídas desde Cádiz, en barco, hasta Buenos Aires y de allí trasladadas por tierra hasta Potosí. Las máquinas utilizadas están en el museo, y también nos explicaron su funcionamiento, el cual necesitaba de esclavos y burros para proceder. Los burros estaban atados a una rueda en un piso inferior a las máquinas y tenían que avanzar para hacer ésta rueda girar y accionar la maquinaria. Los burros tenían que soportar un peso inmenso y al cabo de pocas horas se quedaban parados porque ya no podían más. Se necesitaba esclavos para arriar y golpear a los burros para que se movieran. Los esclavos también debían limpiar las heces de los animales. Su esperanza de vida en este puesto era de 2 años. La guía nos explicó que los que realizaban ese trabajo eran los más afortunados ya que otros esclavos, que participaban en el proceso de fundición, tan solo sobrevivían unos cuantos meses, por los gases que aspiraban.

Al final de la visita pasamos por un salón lleno de vitrinas con las distintas monedas producidas en este lugar. Entre 1545 y 1600, los yacimientos del Cerro Rico representaban la mitad de la producción de plata a nivel mundial. Finalmente, en 1952 se cerró totalmente la fábrica de monedas después de casi cuatro siglos de producción. Nos recordaron también que Don Quijote modificó la expresión utilizada hasta entonces “esto vale un Perú” por la de “esto vale un Potosí” para referirse a algo con un valor muy elevado.

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Entre tantas anécdotas interesantes, nos hicieron ver el valor que algún día tuvo Potosí con la placa de Patrimonio Histórico de la Humanidad que les concedió UNESCO por el casco antiguo de la ciudad. Tristemente, es muy posible que les retiren este honor en los años venideros ya que está algo descuidado. Al final, a pesar del entorno de negatividad que llevábamos, claudicamos, y creemos que vale la pena hacer una parada en Potosí, sobretodo para visitar el museo y darse cuenta que, aunque parece increíble, hubo un tiempo que fue de las más ricas del mundo.

Al tercer día, decidimos marchar a Sucre. En el hostal nos indicaron que la mejor manera de viajar hasta allá era con unas combis que salían desde en frente de una gasolinera cercana al cementerio. Como en otras ciudades, las combis salen conforme se van llenando. Así lo hicimos, nos colgamos las mochilas rojas y nos fuimos con un bus del transporte público hasta dicha gasolinera. Delante se veían 4 o 5 coches captando clientes. Nos subimos al primero que nos habló, esperamos a la persona que faltaba y nos fuimos. Nos esperaban unas 3 horas en la carretera, con algo menos de curvas que la anterior, sin embargo, a los 40 minutos nos detuvimos, sin entender por qué. Nos vino a la mente los bloqueos que afectaron nuestro viaje semanas atrás, así como las palabras que nos dijo el conductor que nos había dejado en la frontera entre Chile y Bolivia. Al cabo de varios minutos, vimos al primer ciclista. Resulta que, precisamente ese día, en ese momento, una escuela había decidido hacer una carrera en bicicleta. Retomamos la marcha una hora más tarde y sin más imprevistos nos fuimos, contemplando una vez más, paisajes que nos encantaban.

Para Sucre sí reservamos tres noches en un hostal ya que nos dijeron que ese fin de semana se celebraba la Fiesta de la Virgen de Guadalupe y estaría todo llenísimo. Al llegar, tuvimos que andar unos 20 minutos desde donde nos dejó el coche. En un primer vistazo de la ciudad,  fue mucho mejor que la impresión inicial de Potosí.

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Sucre es la capital constitucional de Bolivia y sede del poder Judicial. Está ubicada a unos 160 km al noreste de Potosí y a 2,810 msnm (¡Buena noticia! Ya que no sufriría mis ataques de hambre y noches en vela).  Choquechaca era el nombre que le habían puesto sus habitantes, los Charcas, antes de la colonización. En 1825 se le cambió el nombre en honor a su libertador Antonio José de Sucre.

En Bolivia, volvimos a encontrarnos, en todas partes, con una bandera de muchos cuadritos, con los colores del arco iris, según la zona donde estuviésemos tenía algunas modificaciones, pero ya nos había seguido casi todo el viaje. Nos contaron que ésta bandera es la Whipala y representa a todos los pueblos andinos. En Bolivia tiene más relevancia porque está aceptada por la constitución, así que los cuerpos de la ley llevan en sus uniformes esta combinación tan colorida de cuadrados.

En Sucre la energía cambió por completo. No había comparación con la ciudad anterior; más luz, la gente muy alegre y más movimiento. Nos cautivó desde que llegamos. El centro tiene una plaza espléndida llena de árboles, plantas, flores y gente. La plaza está rodeada por varios edificios coloniales, todos muy bien pintados y mantenidos.

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Recorrimos toda la ciudad de arriba para abajo, relajados disfrutando del panorama. En Sucre se siguen conservando las edificaciones coloniales y fue una grata sorpresa lo bien que han sabido cuidar dicho patrimonio. Además, el hostal donde nos quedamos nos encantó, con unas zonas comunes muy agradables, con dos cocinas amplias y muy completas, espacio para hacer barbacoa y el wifi funcionaba bastante bien, para estar en Bolivia.

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Los días siguientes nos regocijamos con los desfiles que hacían por las calles de la ciudad en honor a su patrona, la Virgen de Guadalupe; un día los colegios con todos los alumnos, el siguiente, adultos e incluso invitados de otros países cercanos como Chile y Ecuador, quienes venían también a deleitarnos con sus bailes y trajes típicos. Participamos, sin querer, de un espectáculo maravilloso de color, música y danza.

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Otro día, anduvimos cuesta arriba hasta la plaza Pedro de Anzurez donde está el templo de la Recoleta a un lado, y al otro, unas arcadas y un mirador con vistas a la ciudad. Justo al lado hay unas pocas tiendas de artesanías, quizás de las más baratas en Sucre. Nos quedamos sentados en el mirador aprovechando la fantástica vista que teníamos de la ciudad. 

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En cuanto a lo gastronómico, como es habitual nos tomamos nuestros jugos de frutas y comimos en el mercado. También usamos la cocina del hostal, terminando así las existencias que acarreabamos desde Iquique, pero  hubo tres locales que nos gustaron bastante y seguidamente detallamos.

Pollos Rosita:

¡Nuestra parada favorita! Pollos Rosita fue un habitual en nuestra estancia. Aquí probamos de los mejores pollos fritos del mundo y por eso regresamos varias veces, incluso antes de que abrieran. Yo en alguna ocasión, pedí otro plato, unas “chuletas” gigantes, como ellos les llamaban, pero que eran en realidad una especie de milanesas y también estaban riquísimas.

La Taverne:

Es un restaurante al costado de la plaza, se entra desde un lindo patio interior de una casa. Se puede simplemente ir a tomar un mate de coca sentado en ese patio y disfrutar de un poco de tranquilidad.

Café Cóndor:

Es un lugar frecuentado por turistas básicamente en busca de una buena conexión wifi, tienen en uno de los laterales una agencia que organizan tours por la zona. Aquí nos quedamos varias horas tomando cafés y tés mientras uno escribía en el blog y el otro aprovechaba para leer un buen libro.

También visitamos una famosa chocolatería, Para Ti, de la cual habíamos leído muy buenos comentarios. Probamos el chocolate caliente y una tarta deliciosa! Además allí puedes encontrar el regalo perfecto para llevar a casa.

INFORMACION PRACTICA:

Transporte Uyuni-Potosí: Tomamos un bus de empresa privada desde Uyuni. El bus sale desde una de las calles frente a la Terminal de Buses. El recorrido demora 3h30min.

Transporte Potosí-Sucre: Desde Potosí se puede tomar un bus de empresa privada desde la Nueva Terminal de Buses de Potosí que está a 20 minutos del centro en taxi. Si no, también se puede coger un bus pequeño, que fue lo que nosotros hicimos y es más barato. Estos buses salen en cuanto esten llenos, desde la gasolinera que está por el cementario.

Hospedaje:

Residencial Felcar (Potosí): Precio por noche de una habitación privada para 2 personas: 10 USD.

Villa Oropeza Guest House (Sucre): Precio por noche por persona, en un dorm de 4 personas: 6,50 USD. Excelente lugar para hospedarse, ubicación perfecta, la atención muy buena y las instalaciones del lugar son geniales.

Lo que no puedes dejar de visitar: En Potosí, La Casa de la Moneda.

En Sucre, recomendamos subir a la Recoleta, también pasear por el casco viejo de la ciudad y si coincide, disfrutar de los desfiles de las Fiestas de Guadalupe. Y por supuesto, Pollos Rosita!!

Fecha de nuestra visita: Del 6 al 13 de Setiembre


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El magnífico Salar de Uyuni

Nuestra experiencia en el Salar de Uyuni se las relatamos con mucha alegría y emoción, por revivir unos días inolvidables. Salimos desde San Pedro de Atacama, cruzamos la frontera de Chile con Bolivia, atravesamos las lagunas altiplánicas, dormimos en refugios y seguimos nuestro camino por el departamento de Uyuni, localizado al suroeste de Bolivia, hasta llegar al magnífico desierto de sal.

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El primer día, nos encontrábamos en la frontera de Chile con Bolivia, montados en el “Jeep”, aguardando, muy ansiosos, que comenzará el paseo. Nuestras mochilas rojas también estaban listas, en el capote del “Jeep”, sin embargo, hubo un pequeño inconveniente con uno de los coches y, mientras esperábamos, yo aproveché, saqué mi libreta y empecé a escribir.

Esa mañana, salimos del hostal a las 7:00, en un bus pequeño, con unas quince personas más. En ese busito llegamos a la frontera, pasamos migración y nos cambiamos al “Jeep”, como ellos le llaman, porque realmente no es un Jeep es un todo terreno de Land Cruiser. Este fue nuestro transporte por los próximos tres días. Desde San Pedro de Atacama (2,407 msnm) a la frontera chilena, subimos en poco tiempo a una altura de 4,400 msnm; la temperatura era bajo cero y el viento imparable y congelado.

Antes de llegar a ese punto de la frontera, el conductor del bus nos advirtió que estábamos a punto de comenzar un tour fascinante, pero bastante difícil, debido a la altura y a las temperaturas extremas que debíamos soportar. Además, dormiríamos en refugios que solo cubren las necesidades básicas, es decir, cero electricidad y cero calefacción. Finalmente, se despidió diciendo: ¡Bienvenidos a Bolivia, el país donde nada es seguro y todo puede pasar! Y esto ya lo teníamos muy claro, por experiencia propia, considerando lo que nos pasó por Copacabana… pero bueno, allí estábamos nuevamente, rumbo a lo desconocido!

Las quince personas nos dividimos en grupos de cinco para ir en los “Jeeps”; nosotros íbamos con tres viajeros brasileños: una pareja de Sao Paulo y una chica de Vitoria, y, por supuesto, con nuestro guía/conductor/mecánico/medico/etc., que era boliviano.

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Contratamos el tour con World White Travel, después de visitar varias agencias, como explicamos en nuestro post de Atacama. Nos decidimos por ésta, ya que habíamos leído muy buenos comentarios en el famoso cuaderno de viajeros que encontramos en  El Condor and The Eagle Café en Copacabana. El tour es de tres días hasta llegar al salar, que es el highlight del paseo, sin embargo, los demás lugares visitados nos dejaron sin aliento, y no solo por la altura, si no, por todo su esplendor.

En la frontera, entramos a una pequeña casa, donde había una sala habilitada para el desayuno. Todos fuimos directo a buscar un café o té, bien caliente, para refugiarnos de la baja temperatura exterior. Al terminar, nos dirigimos a otra casita, donde se encontraba la migración boliviana pero, para acceder al interior, tuvimos que hacer una fila a la intemperie, muertos de frío. Por suerte el sol ya se dejaba ver y suavizaba un poco la espera. Llegamos adentro, nos sellaron los pasaportes y nos percatamos que pocos panameños frecuentan la zona, pues no tenían ni idea si yo necesitaba algún visado o no y tuvieron que consultarlo, tardando varios minutos. La migración chilena la habíamos pasado media hora antes, justo al salir de San Pedro.

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Después de todos los trámites, cruzamos la frontera, entramos a la Reserva Nacional Eduardo Avaroa y se abrió una gama de paisajes espectaculares. Desde allá se podía ver una laguna, a la cual, pocos minutos después, nos acercamos. Era la Laguna Blanca, nuestra primera parada. Al aproximarnos, pudimos comprobar que gran parte de la superficie estaba helada.

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Nuestro guía o mejor dicho, “multitasking man”, nos hizo una pequeña explicación sobre el origen del nombre debido al color de la laguna, y seguimos hasta la Laguna Verde, que se encuentra justo al lado de la anterior, y se forma gracias a ella. Como dice su nombre, es de un color verdoso indescriptible, y depende de la hora del día el color es más o menos intenso. Me costaba asimilar la belleza del entorno que nos rodeaba, los contrastes entre el cielo, el agua y la tierra conformaban un paisaje que jamás imaginamos. Después de las fotos de rigor, seguimos la ruta y visitamos unas aguas termales, gésiers y el Desierto de Dalí.

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Quico tuvo el valor de meterse en las aguas termales a pesar de que la temperatura exterior era bajo cero, el viento fuerte y estábamos a más de 4,000 msnm. Disfrutó mucho estando dentro, ya que el agua tenía una temperatura de 28 grados Celsius, es decir, bastante caliente y agradable. No obstante, tuvo que caminar hasta allí, en vestido de baño, y, después, la peor parte… salir mojado del agua hasta el vestidor. Yo me quedé sentada haciendo fotos mientras admiraba el entorno. Las aguas termales eran naturales, y justo atrás de ellas, había un lago, un desierto de rocas, plantas, y algunas vicuñas que paseaban libremente.

Los géisers me sorprendieron, ya que no conocía éste fenómeno de la naturaleza. Un  géiser también es una formación termal, típica de zonas volcánicas, que, periódicamente, emite agua o vapor de agua a temperaturas muy altas. Por esto, cuando los visitamos, no podíamos acercarnos tanto; puede ser peligroso.  Físicamente, es un hoyo en la tierra por donde sale vapor y al estar observándolos me sentía como en otro planeta.

Igualmente visitamos el Desierto de Dalí, el cual recibe este nombre por las curiosas formas que adquieren las piedras incrustadas en la arena, que recuerdan al extravagante pintor catalán. Las piedras han obtenido éstas formas debido a la erosión del viento; otra obra de arte de la naturaleza.

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Finalmente, nos encaminamos hacia la Laguna Roja, donde se encontraba nuestro refugio. El refugio, literalmente, estaba en medio de la nada y consistía en una casa hecha de barro y piedras, con unas 10 habitaciones, dos baños, cocina y comedor. Como mencionamos anteriormente, cero electricidad y las ventanas de un cristal fino por donde el viento y el frío se colaban con fácilidad.

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Dejamos las mochilas allí y fuimos a una de las paradas más fascinantes del tour: La Laguna Roja. La Laguna Roja adquiere este color por los microorganismos que habitan en ella, que son el alimento de los flamencos. Es muy díficil describir estos paisajes con palabras y ni siquiera las fotos le hacen justicia a su belleza. Frente a la Laguna Roja sentí una inmensa mezcla de sentimientos: gratitud, alegría, sorpresa y especialmente nostalgia. Nostalgia de pensar que solo tenía ese instante, ese preciso momento para contemplar las maravillas de la Tierra y que más nunca volvería a estar allí… “¿Qué hago para capturar este momento, este aire, esta vista, estos sentimientos y la compañía?, ¿Cómo hago para no perderlo? Me da nostalgia incluso ahora que lo escribo porque me resulta imposible no reflexionar.

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Regresamos al hostal, nos tomamos unos mates de coca, conversamos con los compañeros de viaje y jugamos con unas cartas hasta que la cena estuvo lista. Nos ofrecieron sopa, chorizo, ensalada y pure de papa. Compartimos la cena con viajeros de todas partes del mundo, desde Nueva Zelanda y Australia hasta Holanda, Alemania y Austria; todos contando sus anécdotas y sueños de viaje.

Más tarde, nos fuimos a dormir. Nuestra habitación tenía seis camas con tres mantas cada una, y sólo eramos cinco personas, asi que yo me robé dos mantas de la cama que sobraba y Quico me dejó una de las suyas. Terminé arropada con seis mantas gruesas y, además, llevaba puesto tres capas de ropa en las piernas, cinco arriba y tres medias, y aún así tenía mucho frío. Antes de dormir, como siempre, saqué mi libreta pero, en menos de cinco minutos, tuve que guardarla porque tenía las manos congeladas y así no podía escribir.

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Día 2

Por la mañana, Quico se levantó muy temprano, ya que volvía con los síntomas que le producen las alturas: pocas horas de sueño y el hambre de madrugada con lo cual, las galletas que teníamos para merendar ya habían desaparecido. Después de desayunar, cargamos las mochilas rojas en el “Jeep” y retomamos el camino.

Primero, visitamos una piedra conocida como El Árbol, por su forma, producto de la erosión del viento. Allí también estábamos rodeados de unas montañas preciosas, lejanas y muy coloridas.

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Luego, nos dirigimos hacia un conjunto de cuatro lagunas altiplánicas y almorzamos en la última, la Laguna Hedionda.

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Al terminar, conducimos por una zona desértica, donde el terreno estaba moldeado a capricho del viento y al fondo se divisaba el Volcán Ollagüe, el único volcán activo de la zona, que siempre deprende una columna de humo.

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Llegamos al hostal donde nos quedaríamos, el cual estaba hecho, casi todo, de sal. Las mesas, las sillas, las bases de las camas, y las paredes, estabán totalmente cubiertas de sal. En este lugar por lo menos había duchas y agua caliente, así que aprovechamos para bañarnos y luego cenamos y volvimos a compartir experiencias con nuestros compañeros de viaje. Todos estábamos muy emocionados porque al día siguiente, finalmente, llegaríamos al salar.

Día 3

Eran las 5:30 a.m. y emprendiamos el camino a la estrella del tour: el Salar de Uyuni. El Salar de Uyuni es el desierto de sal más grande del mundo con una superficie de 11,000 kilómetros cuadrados a 3,600 msnm. Cada año se extraen apróximadamente 25,000 toneladas de sal y es la mayor reserva de litio del mundo.

La intención era llegar a ver la salida del sol desde el centro del salar, sin embargo, justo al entrar en él, nos detuvimos, porque el sol ya no resistía más las ganas de aparecer. Aunque no estábamos en el medio del salar, fue una experiencia extraordinaria. El sol se veía ascendiendo en el horizonte sobre una raya perfecta y los colores del amanecer reflejados en la blancura del suelo y de las nubes, y en las colinas que rodean el salar.

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Seguidamente, fuimos a la Isla Incahuasi, situada en pleno mar blanco. La isla está conformada por una montaña, en medio de la nada, donde hay una reserva de cactus gigantes. Subimos por un sendero hasta llegar a lo más alto y admiramos la inmensidad del paisaje que nos rodeaba, junto con nuestros altísimos amigos, los cactus, que medían hasta más de 10 metros de altura.

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Desayunamos en la isla y seguimos el camino. Al estar en el “Jeep” alejándonos de la isla, miraba por la ventana y veía una blancura que nunca antes había contemplado; un desierto blanco, plano y brillante. Miraba el suelo y parecía que estuviésemos flotando al avanzar.

Por fin nos detuvimos en algún lugar del inmenso salar y estando allí, parada, solo podía pensar que somos tan pequeños y diminutos y que la Tierra es inmensa, que la palabra inmensa se queda corta para describir tanta grandeza. Sin importar hacia donde enfocaban nuestros ojos, solo veíamos un blanco hermoso y el azul del cielo entre las nubes. Realmente nos sentimos en un lugar mágico, como si hubiésemos llegado, solos, a otro mundo.

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Nos sentamos en la sal. Sonreímos. Nos acostamos y miramos el cielo que parecía estar muy cerca. Nos hicimos un millón de fotos e intentamos adherir cada detalle de ésta magnífica experiencia en nuestra piel, para llevarla siempre con nosotros.

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En un artículo de un profesor leí que “quien no soporte incomodidades, jamás logrará grandes cosas” y creo que es la frase perfecta para la ocasión; las noches heladas, la falta de oxígeno por la altura, el viento congelado quemándonos la cara y todas las incomodidades valieron, completamente, la pena. Como siempre decimos, lo volveríamos a hacer todo de nuevo… Y, ojalá, así sea!

Después de ésta increíble experiencia, regresamos al “Jeep” y nos fuimos en dirección al pueblo de Uyuni, haciendo tres paradas. La primera fue en la salida del salar, donde había, por un lado, unos “charcos” de agua hirviendo, conocidos como los “ojos del salar”, que surgen producto de las aguas subterráneas de la zona y los minerales que contienen. Por otro lado, vimos la escultura del Dakar, el famoso rally que ha pasado en varias ocasiones por el salar.

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La siguiente parada fue en un pueblecito que está justo a la salida del desierto, donde vendían artesanías y allí nos dejaron pasear un buen rato. Aquí es importante mencionar que, más adelante en el viaje, nos dimos cuenta que los precios en este mercadito eran más económicos que en Potosí y Sucre, y evidentemente mucho más que en San Pedro.

Nuestro tour se acercaba a su fin y llegamos a la última parada: el cementerio de trenes, compuesto por una antigua vía férrea, por donde antiguamente transportaban los minerales hacia la costa, y los restos de las locomotoras y vagones usados. Este lugar es un espectáculo para los amantes de los trenes.

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Nos despedimos del Salar de Uyuni, de nuestros queridos compañeros de viaje y de nuestro excelente guía. Llegamos al pueblo de Uyuni, almorzamos, y más tarde tomamos un bus para seguir explorando Bolivia, ésta vez sin bloqueos.

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Información Práctica:

Transporte – Hospedaje y Comida: Todo incluído en el tour que contratamos con World White Travel por 150 USD. Nosotros contratamos el tour en San Pedro de Atacama, Chile pero para llegar al salar también puedes hacerlo desde Argentina y, lógicamente, desde Bolivia. La última opción es la más económica.

Qué debes llevar:

  • Ropa MUY abrigada y un saco de dormir (no es indispensable pero ayuda en las noches frías)
  • Llevar algo para merendar durante el día (frutas, galletas, etc.) y por supuesto, agua.
  • Protector solar
  • En nuestras mochilas pequeñas nunca faltaba un rollo de papel higiénico y los frontales, que fueron útiles por la noche, en el primer refugio, ya que la electricidad era escasa.

 


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Una semana de buses

Nos encontrábamos en Iquique, Chile en uno de los mejores hostales del viaje, el Backpackers Hostel. Nos pudimos haber quedado varias semanas allí, pero, lamentablemente, Chile es un destino muy caro y debíamos avanzar. La noche siguiente, viajaríamos a Calama para llegar por la mañana y tomar otro bus hacia San Pedro de Atacama, la última parada después de una semana con más buses que días.

Esa tarde nos relajamos en el hostal; nos preparamos una pasta deliciosa y la disfrutamos muchísimo ya que no habíamos comido un plato casero en meses. La acompañamos con un buen vino chileno. Quico estaba muy contento escribiendo el post de Cusco, al son de una canción de Ike y Tina Turner, mientras yo, saqué mi cuaderno, y empecé a escribir el ajetreado recorrido que habíamos realizado hasta el momento.

Nuestro plan era salir de Copacabana a La Paz y de allí movernos por Bolivia, descubriendo ese país desconocido que ha sorprendido a muchos viajeros por su belleza y autenticidad.  Más adelante, bajaríamos desde Uyuni hacia Chile y seguiríamos nuestro recorrido por el sur. La situación de los bloqueos en Bolivia se puso color de hormiga y cómo les explicamos en nuestro post anterior, tuvimos que cambiar nuestro plan y hacer una ruta diferente, después de nuestra visita al Lago Titicaca.

En la terminal de transporte terrestre de la Paz habían suspendido todas las salidas, con lo cual, solo podíamos movernos en avión. Nadie tenía certeza de cuándo se acabarían los bloqueos para poder transitar por las carreteras principales del país. En vista de lo anterior, decidimos hacer la ruta al revés: ir a Chile primero, esperando que todo se normalizara en Bolivia y posteriormente subir desde el Desierto de Atacama a Uyuni.

Pasamos varias horas viendo mapas, rutas, buses, leyendo noticias y otros blogs de viajeros y concluimos que, nuestra única opción para llegar a Chile, era pasando nuevamente por Perú, y de allí, cruzando la frontera hacia Arica, el primer pueblo de la costa chilena.

img_8999Con esto en mente, salimos de Copacabana el 27 de agosto rumbo a Puno. Volvimos a cruzar la frontera de Bolivia a Perú, ésta vez de noche, y 4 horas más tarde llegamos a la terminal. Esperamos una hora allí y embarcamos en el segundo bus del recorrido: de Puno a Arequipa. La mañana siguiente, llegamos a Arequipa y nos informaron que, para llegar a Chile, debíamos pasar por Tacna; desde allí salen los buses hacia la frontera.

El camino sería más largo de lo esperado y sabíamos que necesitaríamos dormir, en una cama, antes de llegar a la frontera. No queríamos quedarnos en Tacna, ya que los comentarios que habíamos leído, sobre este lugar, no eran muy positivos. Buscamos en la costa peruana y encontramos la ciudad costera de Ilo, cerca del camino. Samu, el compañero de piso de Quico , en Barcelona, ya le había hablado sobre ella y encima coincidimos con un bus que salía en poco tiempo, compramos el pasaje y nos fuimos rumbo a Ilo.

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Saliendo de Arequipa estuvimos rodeados de montañas con grandes campos verdes en sus faldas. Horas más tarde, pasamos a la carretera que bordea la costa y el paisaje se transformó, siendo cada vez más árido. Según National Geografic, la costa sur del Perú ya forma parte del Desierto de Atacama. Esto no nos sorprende, porque a medida que avanzábamos nos adentrábamos en el desierto. Cuatro horas después llegamos, agotados, a Ilo.

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Ilo es una ciudad poco turística al suroeste de Perú. Tiene un puerto y un malecón lleno de restaurantes y puestos de artesanías. Allí decidimos quedarnos una noche para descansar. Hasta el momento, de Copacabana a Ilo, habíamos recorrido 700 kilómetros, parando únicamente al cambiar de bus. En Ilo no teníamos nada reservado. Tuvimos que caminar con las mochilas rojas y el cansancio al hombro, hasta que conseguimos un hotel, por suerte, en pleno centro. Posteriormente, salimos a buscar algo para almorzar; nos comimos un ceviche y un arroz con mariscos, dos platillos que, difícilmente, fallan en Perú.

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La mañana siguiente, desayunamos en la terraza del hotel que tenía vista a la plaza y, para variar, había un desfile y fiesta de la ciudad. No entendimos bien de qué se trataba, pero disfrutamos de la música y de la banda que se paseaba por las calles. Al rato, decidimos ir hasta la parada de buses para averiguar los horarios hacia Tacna. Por suerte, llevábamos las mochilas rojas y todas nuestras cosas, ya que justo antes de cruzar la calle hacia la parada, vimos un bus saliendo, con el letrero al frente que ponía Tacna. De una vez nos subimos, con todo en mano, porque ya no había tiempo de poner las mochilas rojas en la bodega, como normalmente hacemos.  En 3 horas, arribamos a Tacna. De nuevo cambiamos de bus y finalmente nos dirigimos hacia Chile.

Apenas llegamos a la frontera, notamos una gran diferencia en comparación a la frontera Perú-Bolivia, donde nadie nos revisó nada. En Chile los controles son más estrictos y casi nos buscamos un problema por unas manzanas que, sin querer, no declaramos en aduana. Al bajarnos del bus, agarramos nuestras mochilas grandes y después de migración, las pasamos por las máquinas de escaneo. Ni nos acordamos de las manzanas que habíamos comprado en Perú.

Cuando mi mochila pasó, un carabinero (cómo le llaman a los policías en Chile), me la revisó y las encontró. Yo todavía no caía en cuenta de la falta  que había cometido, hasta que el carabinero me trajo la hoja de declaración y me dijo que debía volver a llenarla declarando que traía esas frutas. De lo contrario, estaríamos en graves problemas con la ley chilena. Obviamente obedecí sus órdenes, declaré las manzanas e igualmente ellos las decomisaron.

Más adelante, estando en territorio chileno, nos vimos en medio de una tormenta de arena, y el bus tuvo que detenerse varios minutos por la falta de visibilidad. Pasado ese tramo,  el paisaje que apareció en nuestra ventana era hermoso. La carretera pasa justo al lado del mar y yo estaba tan feliz de ver ese azul, como si nunca lo hubiese visto.

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En unas 3 horas llegamos a Arica y nos hospedamos en el Arica Surf House. Arica es una ciudad con una mezcla de mar y desierto, muy turística durante el verano, pero que atrae a surfers, de todas partes del mundo, en cualquier época del año. Salimos a caminar por el centro y llegamos a una plaza con una fuente, una vieja locomotora y edificios coloniales alrededor, entre los que estaban la vieja estación del ferrocarril que llegaba hasta La Paz.

En el horizonte veíamos la silueta del Morro de Arica, un cerro de unos 130 metros de altura, con el Cristo de la Concordia en la cima, el cual simboliza la paz entre Chile y Perú. En el hostal ofrecían varios tours arqueológicos por la zona, pero con el tiempo limitado que teníamos no pudimos hacer ninguno.

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Esa noche en Arica, mientras leíamos en las camas del dorm, las ventanas vibraron. Yo sentí que había temblado y otro chico, que estaba en la habitación, se levantó preguntándonos si habíamos notado el temblor. Quico creyó que era el viento, pero el chico dijo que en esa zona de la ciudad no suele soplar un viento tan fuerte. Yo, como siempre, busqué en internet enseguida y, efectivamente, fue un temblor de 4 grados a pocos kilómetros de la costa de Arica.

Por la tarde, al día siguiente, nos fuimos a la terminal, para coger nuestro bus hacia Iquique, desde donde escribía en mi cuaderno. Iquique está a 300 km de Arica y todo el paisaje que observamos, por la ventana del bus, era muy desértico.

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 Aunque llegamos reventados, porque Chile no está eximido de imprevistos, Iquique nos dio muy buena vibra desde que vimos la ciudad completa, por la ventana del bus, al ir bajando por una duna que hay que bordear para llegar. Resulta que están arreglando la carretera que conecta Arica con Iquique, y solo dejan pasar coches cada cierto tiempo. Nosotros esperamos hora y media dentro del bus, sin movernos. Y fuimos afortunados porque la espera podía ser de cinco minutos hasta dos horas, dependiendo del momento en el que el bus llegase al punto del cierre. Para rematar, cuando ya estábamos llegando a Iquique, se pinchó una llanta. El chofer y el copiloto tuvieron que bajarse a cambiarla, mientras nuevamente esperamos dentro del bus. Con todos los inconvenientes, el trayecto que normalmente dura 4 horas, para nosotros, fue de 8.

Hasta Iquique ya habíamos recorrido 1,190 kilómetros y para llegar hasta San Pedro de Atacama aún nos quedaban 490 kilómetros por recorrer. Al estar en Iquique, decidimos relajarnos un poco. Desde que entramos al hostal supimos que mínimo nos quedaríamos dos noches. Yo estaba agobiada y cansada de moverme tanto, necesitaba quedarme más de una noche en el mismo lugar y poder dormir tranquilamente, sin tener que despertarnos pensando en hacer la maleta rápido para subirnos en otro bus.

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El Backpackers Hostel está ubicado a una calle de la playa y en el tiempo que estuvimos allí aprovechamos para tirarnos en la arena escuchando el mar y mirando a los surfers en el horizonte. Realmente necesitábamos relajarnos e Iquique nos ofreció el ambiente ideal para hacerlo. Hay un paseo muy lindo que bordea la playa, por el cual caminamos hasta llegar a una especie de península, que separa la ciudad y conduce hacia otra playa. Igualmente, allí nos sentamos a contemplar el panorama de nubes, pelícanos y montañas de arena en el fondo.

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La ciudad de Iquique está ubicada entre el mar y la Cordillera de la Costa, rodeada de dunas altas de hasta 800 metros, que, desde la playa, se observan como paredones gigantescos de arena. Es un lugar perfecto para veranear, encantador, con un ambiente playero, relajado y divertido. Por esto y por su famosa Zona Franca, Iquique atrae muchos visitantes nacionales y es una parada muy común para los viajeros desde y hacia Perú.

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La ciudad está llena de letreros que dicen “Zona de Tsunami” y no nos sorprendió, siendo Chile un país sísmico. A mí me puso un poco nerviosa pero los chilenos ya lo tienen bien asumido. Además, hay unos edificios muy altos justo al borde del mar, como en Panamá, pero allí me sorprende que vivan, tranquilamente, sabiendo que, en cualquier momento, se sacude la tierra y tienen que salir corriendo antes de que el mar vuelva a reclamar su espacio.

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Luego de unos días muy agradables en Iquique, emprendimos el camino hasta San Pedro de Atacama. Primero, cogimos un bus nocturno de 5 horas hasta Calama (no hay conexión directa a San Pedro de Atacama) y llegamos a las 6:00 de la mañana a la terminal. Todavía no había salido el sol y  esperamos para abordar el siguiente bus. Dos horas más tarde, finalmente llegamos al famoso pueblo en medio del desierto.

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San Pedro de Atacama es un pueblo pequeño y bastante turístico, ya que se encuentra cerca de varios puntos de interés del Desierto de Atacama. La experiencia completa de Atacama se las contamos en nuestro  post: Explorando Atacama.

Y así, terminó nuestro recorrido de Copacabana hasta Atacama. Fueron 8 buses en 7 días, 1,680 kilómetros e incontables horas, considerando todos los imprevistos. Fue una semana difícil, pero al final del día, además de tenernos el uno al otro, conocimos, admiramos y disfrutamos de más rincones sorprendentes en esta región. Todo es parte de la aventura y, como siempre decimos, si tuviésemos que hacerlo todo de nuevo, lo haríamos indudablemente.


 

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Navegando el Titikhakha

El miércoles 17 de agosto, llegamos a lo que tenía que ser nuestra última parada en Perú: Puno. Puno está situada en el sudeste de Perú a orillas del Lago Titikhakha, o Titicaca en español, que se encuentra a una altura de 3,810 msnm y cuyas aguas pertenecen, una parte a Perú y la otra a Bolivia.

Según nos explicaron, el nombre del Lago Titicaca proviene del aimara, lengua utilizada por los nativos que viven en el Lago Titicaca conocidos como aimaras, y en las zonas andinas de los alrededores entre Perú, Bolivia, el norte de Chile y de Argentina. En aimara, “Titi” quiere decir gato o puma y “Khakha” quiere decir piedra; este nombre se debe a que, viendo el lago desde el aire, se puede apreciar la forma de un puma cazando una vizcacha (una especie de conejo), rodeado de montañas de piedra.

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Catedral de Puno, Perú

Puno es la parada obligatoria para todo aquel que desee visitar el lago navegable más alto del mundo, desde el lado peruano, y así explorar las sorprendentes islas flotantes de Los Uros, y las islas de Amantani y Taquile; todas en aguas peruanas. La ciudad en sí, no la encontramos muy interesante. Tiene una bonita Plaza de Armas como muchas otras que habíamos visto antes, pero no tan encantadora como la de Arequipa o Cusco.

Llegamos a la terminal de autobuses a las 5:00 de la mañana y pudimos haber caminado al hostal, ya que quedaba a unos 10 minutos a pie, pero decidimos que sería más seguro pagar los cinco soles de un taxi porque aún era de noche y no conocíamos la ciudad. Al hostal llegamos cinco minutos más tarde y obviamente la habitación no estaba lista; esperamos en la sala, espatarrados en el sofá durante unas cuatro horas. Una vez nos dieron la habitación, decidimos salir a comer y la chica de la recepción nos recomendó ir a La Choza de Oscar, un restaurante especialista en pollos a la brasa, donde hacen un espectáculo de bailes tradicionales. Al día siguiente volvimos a este lugar y solo vimos parte del espectáculo porque, al llegar, nos sentamos al fondo del local, con los lugareños, y desde allí apenas se aprecia una parte del escenario.

Por la tarde bajamos al malecón, donde hay un mercado de artesanías que son muy económicas, pero ya era tarde y la mayoría de los locales estaban cerrados. Nuestra prioridad, en ese momento, era informarnos sobre los tours a las islas del lago. Majo y Ale nos comentaron que ellos habían pernoctado en las isla de Amantani y en Taquile, y que ambas tienen su encanto. Los tours que ofrecen las agencias solo son de dos días y una noche, normalmente en Amantani, en casa de una familia lugareña. No obstante, si quieres pasar la noche en Taquile, te lo pueden conseguir. Esa tarde no tomamos ninguna decisión sobre las islas, pero sí reservamos una visita a Sillustani, para la tarde siguiente. También hicimos una caminata bordeando el lago, disfrutando de la luna llena, aquel atardecer.

Sitio Arqueológico de Sillustani

El autobús nos recogió por la Plaza de Armas para llevarnos al Sitio Arqueológico de Sillustani, donde se encuentran las ruinas de edificios funerarios Incas y Pre-Incas, ubicados junto a la Laguna Umayo, a unos 30 kilómetros de Puno. Al llegar, nos encontramos rodeados de colinas amarillentas y marrones, al borde de la laguna; sobre una de ellas se veía, desde lejos, una de las torres funerarias. A éstas torres se les llama chullpas y allí dentro los cadáveres eran enterrados en posición fetal con todas sus pertenencias; dependiendo de la clase social, incluso se sacrificaban los sirvientes, para ser enterrados junto al cadáver y así servirle en la próxima vida.

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También aprendimos sobre las diferencias arquitectónicas entre las torres funerarias Pre-Incas y las Incas. Las edificaciones Pre-Incas son toscas y se notan pedazos de piedra encajados a la fuerza, aunque no fuesen iguales; por otro lado, las construcciones Incas, se ven pulidas y todos los bloques de piedra encajan a la perfección. El tamaño de las puertas también es diferente, debido al avance de la civilización Inca. Ellos lograron disminuir el tamaño de las momias y por ende las puertas de sus torres funerarias son más pequeñas que las Pre-Incas. Las puertas en todas las tumbas siempre estaban ubicadas hacia el Este, para la salida del sol. En contrapunto, las torres funerarias Incas podían llegar hasta 12 metros y cuanto más importante era la familia, más grande era la estructura. Las torres Pre-Incas únicamente alcanzaban los 4 metros.

Después de recorrer todo el recinto, observamos éstas diferencias claramente y también había una torre “en construcción”, que aún conservaba una rampa y así vimos la manera en que ellos iban construyendo la tumba. Cuanto más aprendemos sobre estas civilizaciones, más nos sorprende el ingenio y capacidad para lograr construcciones complejas para la época.

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Al terminar nuestra visita, de regreso a Puno, nos detuvimos en una casa de una familia nativa. Tenían llamas y cuys, nos dieron una explicación de cómo viven y nos prepararon un pequeño aperitivo:  una masa frita a base de harina de quinua, diferentes tipos de papa, queso y una demostración de los diferentes tipos de granos.

El día siguiente, salimos muy temprano a visitar las islas del Lago Titicaca. Decidimos contratar la excursión en el hostal, ya que con ellos salía un poco más económico y pudimos arreglar para quedarnos la segunda noche en Taquile. Por la mañana, nos pasó a buscar un bus, que hacia ruta por los hostales y que nos acercó al puerto desde donde salió nuestro barco. Al llegar al puerto, nos dividieron en dos botes; en el nuestro, había un grupo de doce estudiantes franceses, una madre e hija italianas, una familia peruana y dos parejas, que también venían de nuestro hostal, una inglesa y la otra italiana, Francesco y Julia.

Las islas flotantes de Los Uros

La primera parada fue en las maravillosas islas flotantes de Los Uros; una visita interesante y sinigual.  Al atracar en una de las islas, uno de sus habitantes nos explicó cómo construyen las islas y cómo vive la comunidad en ellas. Resulta ser que él era el presidente y que, en cada isla (aunque solo viva una  o dos familias), hay un presidente. Las islas están hechas completamente de plantas de totora.

Primero hacen cubos con las raíces de la totora, luego los atan con palos de madera y los dejan así seis meses, de manera que las raíces se entrelazan naturalmente, obteniendo una plataforma flotante, suficiente como para construir unas tres o cuatro chozas, igualmente de totora.

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Sobre la superficie de la plataforma, colocan varias capas de totora, que tienen que ir reponiendo cada 15 días en época de lluvia y una vez al mes en época seca.  Al final, las anclan con las islas vecinas para no irse flotando por todo el lago.  La vida útil de una isla es de 20 años y demoran un año en construirla, así que, cada cierto tiempo tienen que ir buscando nuevamente, plantas de totora, para fabricarse un nuevo hogar.

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La totora, también es utilizada para construir el transporte: los famosos caballitos de totora, que también se pueden encontrar en Huanchaco, cerca de Trujillo. De éstos hay dos clases: unos pequeños y unos grandes. Los pequeños son usados por niños y jóvenes para ir hasta Puno a la escuela; nos dijeron que con estos se iban dos y volvían tres, porque al tener un espacio reducido, los chicos pueden intimar con más privacidad. Los otros, más grandes, son destinados a los turistas, para trasladarlos de una isla a otra y los llaman Mercedes-Benz.

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La totora también la usan como alimento y la pudimos probar; la verdad no sabe a nada, pero a la brasa y con romesco ganaría mucho. Otro punto curioso es el retrete y el agua que beben. Lo primero lo hacen de uno de los costados de la isla y el agua para el consumo la recogen del otro lado. Dicen que el agua de consumo no se ve afectada por los desechos expulsados ya que éstos siguen por la corriente, sin pasar por la zona de donde recogen agua para beber.

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Al finalizar las explicaciones, nos fuimos en el Mercedes-Benz hacia una de las islas principales de los Uros. El paseo fue encantador ya que el Presidente y su compañero nos llevaron remando todo el tiempo, con la hija de uno de ellos, que se quedó bromeando y jugando con nosotros hasta llegar a nuestro destino.

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Amantani

Unas horas más tarde, partimos hacia Amantani, la isla más grande del Lago Titicaca en la parte peruana, donde pasaríamos la noche. Llegamos al puerto y allí nos esperaban las “Mamas” como les llamaba nuestro guía, Juan Carlos. Nos dividimos en grupos, ya que no cabíamos todos en una misma casa; a nosotros nos tocó con la pareja inglesa y con Francesco y Julia, de Italia.  Nos asignaron a la “mama Rosa” que nos esperaba con su hijo Roy, para dirigirnos hacia su casa. Quedaban bastante lejos del puerto así que la caminata fue de unos 20 minutos aproximadamente e íbamos conversando y admirando el entorno, de casas, caminos estrechos, vegetación y agua, que nos rodeaba.

Llegamos a la casa de “Ama Rosa” como le decía Francesco, donde dejamos nuestras mochilas, comimos y partimos a encontrarnos nuevamente con Juan Carlos, para subir a la PachaMama. PachaMama significa Madre Tierra y es el nombre que recibe uno de los dos picos más altos de la isla , donde están las ruinas de un templo dedicado al sol. Al subir, tienes que dar tres vueltas alrededor de las ruinas, según dicen, para disfrutar de salud, dinero y amor; así lo hicimos. Subimos una hora hasta la cima y dimos las vueltas necesarias, aunque quizás yo debía dar una extra para la altura, porque seguía durmiendo solo tres horas al día y devorando frutas y galletas en la madrugada.

En lo alto de la PachaMama disfrutamos de la hermosa vista del lago y además vimos una puesta de sol espléndida.

Al caer la noche, el frío apretaba así que decidimos bajar y caminar hacia la casa con Francesco y Julia. Tuvimos que utilizar nuestros frontales para ubicarnos porque no hay luz en toda la isla. Una vez en casa, cenamos de nuevo, de manos de Ama Rosa y compartimos experiencias y risas con nuestros compañeros en ésta aventura. La casa era bastante acogedora, especialmente la cocina que siempre estaba calientita. Ama Rosa, es una mujer de pocas palabras, pero muchas sonrisas, con lo cual nos hizo sentir muy a gusto.

La mañana siguiente, nos encontramos en el puerto con Juan Carlos para seguir nuestro recorrido. Ama Rosa nos acompañó con su hijo pequeño, Neymar, un travieso diablillo de dos años, con el que nos reímos de sus fechorías y nos llamó la atención su nombre, inspirado en el famoso jugador brasileño. A pesar que, la electricidad es escasa y nosotros nos sentíamos bastante desconectados del mundo exterior, las celebridades no se escapan ni de los rincones más remotos del mundo. Nos reencontramos con Juan Carlos y nos fuimos rumbo a la Isla de Taquile.

Taquile

Para llegar a la Plaza y a la zona residencial de Taquile, tuvimos que ascender por un camino bastante empinado, unos treinta minutos. Subimos, entre parada y parada para que Gaby intentase agarrar oxígeno a casi 4,000 msnm. Una vez en la Plaza, tuvimos tiempo libre para recorrer el pueblo, antes de dirigirnos al restaurante donde almorzaríamos. Juan Carlos nos apalabró el hospedaje con la familia taquileña que nos hospedaría esa noche. Una hora más tarde, empezamos una caminata bordeando la isla, hasta llegar al puesto donde comimos.

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Al llegar al lugar, el cabeza de familia nos hizo una demostración de cómo fabrican jabón y champú casero, con una planta llamada chujo. Actualmente ya no lo utilizan como champú, pero sí para limpiar la lana de las ovejas que posteriormente utilizan para confeccionar chompas, bufandas, gorros, y otras piezas. Igualmente, nos explicaron el significado de algunos accesorios que utilizan los hombres y las mujeres de Taquile. El gorro de los hombres, por ejemplo, indica si el hombre está casado o soltero. El gorro para los casados es azul y rojo y el de los de solteros es de color blanco y rojo. A su vez, la inclinación del gorro de los solteros indica: para la derecha que tiene pareja, para la izquierda que busca pareja y para atrás, que no están interesados o tienen otras prioridades. De la última manera, también lo utilizan los niños que todavía no tienen edad para tener novia.

La pobación de Taquile es de 3,000 habitantes, aproximadamente, y la isla se divide en varias comunidades, cada una con su presidente. El presidente es fácil de identificar ya que también lleva un gorro especial, todo de colores y encima un sombrero negro. Los taquileños viven de la pesca, la agricultura (principalmente de la papa) y del turismo que ha ido en aumento durante los últimos años. Además, Taquile es reconocida por sus hermosos tejidos y artesanías; nos llamó la atención que los hombres son los principales tejedores, aprendiendo a tejer sus propios accesorios desde temprana edad.

Las mujeres utilizan una especie de poncho negro, con pompones de colores en las puntas. Estos pompones, según su tamaño, indican si la mujer está casada o soltera; las casadas utilizan pompones pequeños y las solteras llevan los pompones grandes, más llamativos. Por último, nos mostraron las fajas que fabrican las mujeres para sus maridos como regalo de bodas. En la isla no hay animales de carga, ni carretas, mucho menos vehículos, lo que significa que los hombres trasladan todo lo necesario sobre la espalda. Para disminuir el daño, utilizan las fajas amarradas a la cintura. Lo curioso es que las fajas son hechas de lana de oveja entretejida con el propio cabello de la mujer, lo que para ellos representa un gesto de su compromiso y amor.

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Terminando las explicaciones, nos sirvieron una sopa de quinua de primero, y de segundo podíamos escoger entre tortilla o trucha. Gaby escogió la primera opción, yo me decante por la segunda. Era una trucha asalmonada que le habían sacado casi todas las espinas y estaba muy buena. Luego de la comida, nos despedimos del grupo y volvimos a recorrer el mismo camino hasta la Plaza. En este caminito también aprovechamos las vistas del lago y pudimos ver, a lo lejos, las montañas de Bolivia que se perdían entre las nubes.

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En la plaza nos esperaba Luciano, nuestro anfitrión por esa noche. Fuimos hasta su casa y nos dio la llave de una pequeña casita auxiliar que tenía para estas ocasiones. Luciano fue muy amable y amigable desde el principio, preguntándonos “¿De dónde son?, ¿Y de dónde vienen?”, siempre con una sonrisa. Como aún faltaban horas para la cena, nos recomendó ir a la puerta del sol, un mirador donde podríamos ver el atardecer. Dicho y hecho, nos dirigimos hasta el punto indicado y nos deleitamos con un espectáculo de la naturaleza y con más tranquilidad que el día anterior, porque esta vez estábamos solos.

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Regresamos a la casa para cenar y ya nos esperaba Luciano, con su mujer y su hijo, un chico de 22 años, encantador, al igual que su padre. La madre se quedó casi todo el tiempo en la cocina; ella solamente hablaba quechua, ya que, al ser la hija mayor de una familia numerosa, tuvo que hacerse cargo de sus hermanos desde muy joven sin poder ir a la escuela. Normalmente, en las familias taquileñas, se habla el quechua y los niños aprenden español en el colegio.

Compartimos la cena con Luciano y su hijo, en una mesa que estaba pegada a la ventana, justo detrás de la cama del hijo y a un costado de una puerta pequeña que llevaba a la cocina. Conversamos durante casi dos horas sobre las tradiciones y costumbres de la isla y sus planes en el futuro. Fue una velada muy especial y enriquecedora. Aunque no es  un recibimiento gratuito, la hospitalidad y amabilidad con la que te atienden éstas personas, abriéndote las puertas de casa y compartiendo su cultura, definitivamente marca una huella. Nos hubiese gustado compartir más tiempo con ellos, pero lamentablemente, al día siguiente, ya teníamos contratado el regreso a Puno.

Por la mañana, volvimos a compartir con Luciano, esta vez el desayuno y luego nos fuimos a la Plaza. Allí enviamos una postal hasta Barcelona, a nuestra querida iaia en la oficina de correos de la isla, que según los lugareños es la oficina de correos a más altura, en una isla, del mundo . Más tarde caminamos al restaurante a repetir el ritual del día anterior. Al acabar, nos fuimos con el grupo de regreso a Puno. Nos subimos en la parte superior y descubierta de la embarcación, junto a cuatro amigos de Terrassa (una ciudad cercana a Barcelona), un chico de Nueva York, dos chicas de México y una de Kerala, al sur de la India. Compartimos con ellos un montón de historias durante las tres horas navegando hacia Puno y quedamos para cenar esa noche.

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De regreso a Puno

En cuanto entramos al hostal, nos encontramos con Julia en el comedor; nos contó que Francesco había pasado la tarde anterior en la cama con fiebre y aún seguía delicado. En poco tiempo tenían un viaje de doce horas a Cusco y ella le estaba preparando una sopita. Nosotros nos fuimos a duchar y cambiar para la cena y cuando bajamos, Francesco ya estaba comiendo el ágape que Julia le había preparado. Estuvimos hablando un buen rato y nos despedimos de ésta encantadora pareja italiana que ojalá nos volvamos a topar en algún lugar del mundo.

Fuimos a cenar a un restaurante italiano con toda la tropa de catalanes, las mexicanas y el neoyorquino. Después de unas pizzas y un par de botellas de vino, nos fuimos a tomar una copa a un bar, donde nos sentamos alrededor de una mesa sobre unos cojines en el suelo. Solo pudimos tomarnos una copa, porque, entre charlas y dardos, se nos voló el tiempo y resulta que a las 11:00 de la noche cierran todos los locales en Puno.

De Puno a Copacabana – ¡Bienvenidos a Bolivia!

Nos despertamos por última vez en Perú, o eso creíamos. Alistamos nuestras maletas y nos dirigimos a la terminal terrestre para tomar un bus hacia Copacabana, un pueblo a orillas del Lago Titicaca en el lado boliviano.

Antes de llegar a la frontera, nos detuvimos a cambiar los pocos soles que teníamos, pues nos dijeron en el bus que tendríamos que pagar una tasa, de 4 bolivianos, para entrar a Copacabana. Para cruzar la frontera, nos bajamos del bus y pasamos por el punto de migración de Perú, donde nos quitaron la tarjeta migratoria y nos despedimos de este hermoso país. Luego caminamos y pasamos la frontera a pie hasta llegar a la oficina de migración y aduanas de Bolivia. Allí nos sellaron nuestro pasaporte y nos dieron la bienvenida a Bolivia.

El bus pasa únicamente con el chofer y luego de que todos los pasajeros estaban adentro, nos pusimos en marcha. Cual fue nuestra sorpresa, a los pocos metros de estar en tierras bolivianas, el bus se detuvo. Unos minutos después nos informaron que había un bloqueo y que tendríamos que caminar: “Si quieren llegar a Copacabana agarren sus maletas y vamos andando una hora, el que no quiera se puede quedar en el bus y regresar a Puno”.

Como el resto de los pasajeros, nos bajamos indignados, cargamos las mochilas y seguimos a pie por caminos secundarios. Nos quedamos rezagados del grupo porque, la noche anterior, Gaby se había doblado el tobillo en Puno y le dolía bastante. Avanzábamos muy lentos, junto a dos chicas argentinas que apenas podían con su equipaje. Al retomar la carretera principal, notamos que estaba llena de piedras. Había muchos lugareños sentados en el borde de la calle, pero nadie sabía quién las había puesto, ni por qué, y ninguno hacia el mínimo gesto de moverlas.

Seguimos por la carretera esperando encontrar alguna combi que nos llevara hasta nuestro destino, pero solo circulaban personas a pie, en ambas direcciones. Una hora y media después, encontramos más piedras bloqueando el paso y al otro lado unas combis esperando pasajeros. ¡Qué alivio! Gaby estaba a punto de llorar porque su pie ya no daba más y, antes de ver las combis, solo veíamos una montaña que hubiésemos tenido que subir y luego bajar; detrás de ella estaba el pueblo de Copacabana. Tomamos una de las combis y, curiosamente, el precio era 4 bolivianos cada uno.

Finalmente, llegamos sin más inconvenientes al Hostal Sonia que nos había recomendado la propietaria del Inca Rest, el hostal donde nos alojamos en Puno. Nos quedamos ahí dos noches y disfrutamos de este pueblo que nos sorprendió; con una enorme iglesia en la plaza principal, la calle más importante llena de restaurantes, cafés, tiendas de artesanías y agencias de turismo y el puerto donde había bares con terrazas muy playeras, Copacabana nos encantó.

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Adicionalmente, encontramos la mejor cafetería a la que hemos ido en todo el viaje, hasta ahora: El Condor and the Eagle. Es un local regentado por una pareja boliviano-irlandesa, muy agradables, con los que hablamos largo y tendido, y, entre otras cosas, nos aconsejaron qué hacer en este momento de bloqueos. Una peculiaridad del local, por lo que lo recomendamos especialmente a otros mochileros, es que dispone de varios cuadernos donde los viajeros anotan sus experiencias y recomendaciones. Tienen un cuaderno de Bolivia, uno del resto de América del Sur y otro del resto del mundo. ¡Una idea genial! Nos quedamos horas leyendo varios cuadernos, incluso de lugares a los que no pensamos ir, pero solo por curiosidad y, cómo no, también hicimos nuestro aporte a la causa.  Además, el desayuno es buenísimo y a Gaby le encantó que tenían un té de limón con jengibre delicioso, que le recordó a los que preparaban en el Café JC de Cusco, su favorito.

En Copacabana también nos sorprendieron los precios, ya que teóricamente, es mucho más económico que Perú, pero no este pueblo, que era más caro que la mayoría de sitios en el país vecino.

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Isla de Sol

Al tercer día, agarramos nuestras mochilas pequeñas y nos fuimos al puerto, decididos a explorar las islas del lago, en la parte boliviana. Buscamos un transporte que nos llevara a la isla más grande del lago, La Isla del Sol. Esta isla tiene dos puertos, uno en el norte y otro en el sur. Normalmente la gente llega a la parte norte de la isla y desde allá enfila un camino que conduce hasta el sur, desde donde se regresa a Copacabana. Algunos pasan la noche en el norte, otros en el sur. Ambas opciones son interesantes. Nosotros nos quedamos en el norte y solo hicimos un tramo del camino ya que Gaby no estaba del todo recuperada de su tobillo.

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El primer día lo compartimos con Gemma, una chica de Barcelona, con Marcos, un chico argentino y con otra chica argentina. Nos tumbamos en la “playa” que estaba frente a nuestro hostal. Estábamos en una pequeña bahía y yo me adentré con Marcos bastantes metros; el agua del Titicaca no nos pasaba de la rodilla. Cuando empezó a oscurecer, en el agua quedaba un bote con dos niñas dentro que parecía habían encallado. Yo me dirigí a ayudarlas y finalmente conseguimos liberar la embarcación. Sorprendentemente, a pesar de la altura y la temporada de invierno, el agua no estaba demasiado fría.

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Nos llamó mucho la atención que había varios animales paseando libremente por la “playa”. Burros, ovejas, vacas, perros y hasta cerdos! Algunos se nos acercaban bastante y un perrito muy simpático buscó refugió a nuestra vera y nos acompañó hasta que nos fuimos.

La mañana siguiente, recorrimos el camino mencionado, que nos transmitió cierta melancolía, ya que algunos tramos nos recordaban a la Costa Brava, salvando las distancias, y la nostalgia de estar tantos meses alejado de esos lares. Fuimos hasta la “piedra sagrada” y regresamos en busca del bote que nos llevaría de vuelta a Copacabana, donde en teoría pasaríamos una última noche.

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Durante nuestra estancia entre la Isla del Sol y Copacabana, empezaron otros muchos bloqueos en Bolivia, el más importante, el de los mineros. Estos, habían bloqueado casi todas las carreteras principales del país. En la Paz había cinco bloqueos por diferentes motivos; a la terminal terrestre solo se podía llegar desde Copacabana, pero después no se podía salir porque estaba todo el transporte de buses suspendido. Oruro estaba totalmente bloqueado por los mineros al igual que Cochabamba y la ciudad de la Paz. Esto complicó nuestra idea de viaje, especialmente cuando vimos en las noticias que los conflictos con los mineros provocaron cinco muertos, entre ellos, el viceministro de interior.

Dada ésta situación, nos quedamos una noche más en Copacabana, para sumar dos noches más desvelado y hambriento por la altura. En ese momento tuvimos que planear y preparar un cambio de ruta, que nos costó una semana de viaje sin parar, y que ya les explicaremos en el siguiente post. Mientras tanto, disfrutamos un poco más de ese hermoso pueblito, de nuestros amigos del Condor and The Eagle Cafe y de la belleza del Lago Titicaca.

INFORMACION PRACTICA

Transporte:

  • Cusco-Puno: Bus de Cruz del Sur – Costo del boleto: 110 soles / 32 USD por persona – Tiempo de recorrido: 7 horas
  • Puno-Copacabana: Costo del boleto: 25 soles / 7.50 USD por persona – Tiempo del recorrido: 3 horas

Hospedaje:

  • Puno: Inka’s Rest – Costo de una habitación privada con baño compartido y desayuno: 55 soles / 16 USD por noche – 100% recomendado. Muy limpio, personal super amigable, el desayuno excelente (incluye huevos!) y la ubicación un poco alejado del centro pero en un buen lugar. Volveríamos a hosperdarnos aquí.
  • Copacabana: Hostal Sonia – Costo de un< habitación privada con baño privado y desayuno: 150 bolivianos / 23 USD – Lo recomendamos porque estaba limpio y el desayuno también fue bueno. Sin embargo, queda algo lejos del centro y de la calle principal.

Tours:

  • Uros, Amantani y Taquile: Contratamos el tour directamente en el Hostal Inca Rest y nos costó 105 soles / 31 USD por persona. Esto incluye el traslado a las islas, visita a los Uros, almuerzo y cena del primer día en Amantani, alojamiento (1 noche) en Amantani y la visita a Taquile con desayuno y almuerzo al día siguiente.
  • La noche adicional en Taquile con la cena y el desayuno incluido nos costo 50 soles / 15 USD, cada uno.

Qué llevar a las islas: Para hacer el tour a las islas te aconsejamos dejar tu mochila grande en el hostal y llevar una de 20 L. Lleva agua, papel higiénico y un frontal o linterna porque en la noche no hay electricidad. También puedes llevar algunas frutas para regalar a la familia y/o compartir con los demás viajeros.

Lo que nos puedes dejar de visitar: Si estás en Puno definitivamente te recomendamos el tour a las islas del lago y una visita al mercado de artesanías, donde dicen, están las más baratas de todo Perú.

En Copacabana no dejes de pasar a comer o tomarte algo en El Condor and The Eagle Cafe y pregunta por los famosos cuadernos donde podrás ver más recomendaciones de otros viajeros.

Fecha de nuestra visita: 17 al 26 Agosto de 2016