Explorando Atacama

Tras una semana de buses, al llegar al hostal en San Pedro de Atacama, dejamos todos los bártulos y nos fuimos al centro, a la Calle Caracoles, donde se encuentran todas las agencias de turismo, los restaurantes, bares, cafés, mini mercados y tiendas de artesanías.

San Pedro de Atacama es un pequeño pueblo de unos 5,500 habitantes, situado en la región de Antofagasta, al noreste de Chile. Es uno de los destinos turísticos más importantes del país, por su situación geográfica, dentro del Desierto de Atacama y la proximidad a distintos puntos de interés como el Salar de Atacama, Piedras Rojas, el Géiser del Tatio, el Valle de la Luna, entre otros. Además, se encuentra muy cerca de la frontera con Bolivia por el Salar de Uyuni y de la frontera con Argentina por la provincia de Jujuy.

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En cuanto llegamos, notamos una gran diferencia en el clima más invernal del que veníamos. En Atacama, hacía muchísimo calor durante el día y por la noche bajaba la temperatura y era necesario abrigarnos. Yo con mi jersey estaba bien pero Gaby, que es muy friolera, andaba con la chaqueta y varias capas de ropa encima.

En San Pedro de Atacama también se nota que estás en un entorno desértico. No encontramos ninguna calle asfaltada y muchas edificaciones están hechas de adobe sin pintar. Por esto, en el pueblo sobresalen tonalidades de marrón, que te hacen sentir que estás en el medio de la nada.

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Desde San Pedro de Atacama empiezan muchas expediciones por el famoso Desierto de Atacama, el desierto más árido del mundo, que abarca el norte de Chile y la costa sur de Perú. Allí se pueden observar distintos paisajes: desde extensísimos campos de sal, lagunas y cordilleras repletas de volcanes, hasta valles que te trasladan a mundos lejanos y grandes zonas cubiertas por pequeños matorrales, de los que se alimentan las vicuñas y vizcachas que se pasean libremente.

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El primer día en San Pedro de Atacama nos dedicamos a buscar información sobre las excursiones por el desierto y también sobre los tours al Salar de Uyuni, la atracción más grande, con diferencia, de toda la zona. Había demasiadas opciones y distintos tipos de tours. De pocas horas, del día entero, algunos caros, otros más caros. No nos queríamos quedar tanto tiempo en el pueblo, porque como mencionamos en nuestro post anterior, Chile es un país costoso y el pueblo de Atacama es de los lugares más caros del país. Con esto en mente, teníamos que decidir, entre tantas opciones y organizarlo para que nos rindiera el tiempo al máximo.

Seguimos nuestra ruta de agencias turísticas y después de la quinta o sexta, nos fuimos a comer y a procesar toda la información que acabábamos de recibir. Estábamos un poco abrumados. Fuimos a un local cercano en el cual conviven dos restaurantes; uno vegetariano, donde Gaby ordenó una empanada caprese enorme, y el otro donde tenían un menú y yo me agarre una sopa y un chuletón de cerdo. El precio era bastante aceptable comparado con la gran mayoría de los vecinos. Nos fuimos aclarando un poco y coincidimos en que, lo que más nos interesaba conocer era El Valle de la Luna, Piedras Rojas y hacer el tour Astronómico.

Habíamos leído que en el punto de información turística hay un “libro de reclamaciones”, donde la gente anota sus experiencias con las agencias de turismo, y que puede ser muy útil para decidir con cual contratar los tours. Nos fuimos allá, descubrimos la agencia con las mejores referencias y tomamos la decisión de ir a sus oficinas.  La agencia se llama Lithium Travel, y al llegar, conversamos con un chico muy majo y contratamos los dos tours con ellos. El Astronómico, lamentablemente, no lo pudimos hacer porque cuando las noches son nubladas, normalmente lo cancelan porque no se ve nada, y este fue nuestro caso.

Piedras Rojas

Nos encontrábamos en la recepción del hostal, unos 10 minutos antes de la hora que dijeron que nos pasarían a buscar. No estábamos seguros si lo encontrarían porque, está a la salida del pueblo y no hay ninguna indicación en la fachada que te haga pensar que no es una simple vivienda. Unos 5 minutos pasada la hora, llamaron a la puerta y las dudas desaparecieron.

Recogimos a un par más de parejas y salimos del pueblo hasta nuestra primera parada: el Salar de Atacama y Reserva Nacional de Flamencos. El Salar de Atacama es el salar más grande de Chile, situado a 2,305 msnm. Tiene aproximadamente 3,000 km cuadrados y en él se encuentran grandes reservas de litio, potasio y yodo, y habitan una gran cantidad de aves y mamíferos como los flamencos y las vicuñas.

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Al llegar, dimos una vuelta por un caminito habilitado para visitantes, que se abre paso entre un extenso campo de sal. El guía nos explicó sobre la formación del salar y nos contaba que nos encontrábamos en un entorno ideal para los flamencos, por lo que una gran parte al norte del salar ha sido declarada como una reserva nacional de flamencos.

En la reserva hay varias lagunas que se forman en medio del terreno salado, donde el flamenco encuentra los microorganismos para alimentarse y así adquirir su color rosáceo; además, esconden sus huevos alrededor de las aguas creando sus nidos para protegerlos de los depredadores. Entre éstas lagunas, visitamos la Laguna Chaxa y observamos distintas comunidades de flamencos en su hábitat natural. El paisaje era impresionante, árido pero con agua y lleno de costras de sal, que son formadas por la evaporación de aguas subterráneas. En el horizonte, se veían las montañas y volcanes de los alrededores.

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Al terminar la explicación, el guía nos preparó un desayuno afuera del minibús con pan, jamón, queso, galletas, jugos, café y té. El clima estaba algo frío y enseguida Gaby se sirvió un té y yo un café calentito para pasar el rato, mientras compartíamos con los demás visitantes que eran de Brasil.

Una hora más tarde, nos detuvimos, justo pasado un repecho y en frente vimos una laguna en la que se apreciaba sal alrededor, unas montañas coloridas de fondo y unas piedras rojizas a un costado. Llegamos a Piedras Rojas, nos bajamos del minibús y anduvimos hasta el lago. El viento empezaba a soplar con más fuerza así que llevamos las chaquetas, los gorros y hasta los guantes de alpaca que habíamos comprado en Arequipa.

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Piedras Rojas está ubicado en la zona de Aguascalientes, a 4,000 msnm y 160 kilómetros desde San Pedro de Atacama. Recibe su nombre por el color de las rocas; éstas son magmáticas, formadas por la lava debido a la gran actividad volcánica de la zona y han adquirido el color rojizo por la oxidación del hierro que contienen. Nos acercamos cada vez más, hasta que llegamos a la laguna que era de un color turquesa, precioso. Además, vimos que la superficie tenía una fina capa de hielo; la laguna estaba igual que Gaby, congelada.

Las formas peculiares de las piedras rojas, junto a la laguna, y las montañas de los Andes en el horizonte, conformaban un contraste de colores único. Se nos olvidó el frío y nos quedamos afuera hasta el último segundo, contemplando el paisaje espectacular que nos rodeaba.

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Posteriormente, visitamos dos lagunas más: la Laguna Miscanti al pie del cerro homónimo y la Laguna Miñiques, la cual se forma gracias a la anterior. En éstas, vimos varios grupos de vicuñas bebiendo agua y un paisaje muy diferente al anterior, pero igual de increíble. El agua en éstas lagunas tiene un color azul más profundo, el cual contrasta perfecto con las plantas de la zona, una hierba amarilla que se encuentra en abundancia y que degustan los camélidos en este medio.

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Después de deleitarnos con estos majestuosos paisajes, estábamos hambrientos y teníamos que dirigirnos al pueblo de Socaire a comer, pero el minibús parecía que no estaba por la labor. Para salir de las lagunas teníamos que subir una lomita que, aparentemente, era demasiado trabajo para el vehículo. Después de varios intentos, finalmente, pudimos hacer cima y volver a descender hasta el restaurante.

Socaire es un pueblo muy pequeño de unos 360 habitantes, localizado a 86 kilómetros de San Pedro de Atacama. Fue una importante zona de explotación de oro en el pasado, pero actualmente sus habitantes se dedican a la agricultura. Una vez devorada la comida, yo me dirigí a una pequeña iglesia antigua hecha de adobe de la que nuestro guía no supo darnos fecha, no obstante, supone ser muy antigua.

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De camino a San Pedro hicimos una parada más, para ver el hito que representa el paso del paralelo 23 o Trópico de Capricornio, por el Desierto de Atacama y que a su vez se cruza con un camino inca. El hito es una pequeña estructura que además señala los puntos cardinales. El camino inca llegaba hasta Bolivia, según nos explicó el guía, y seguramente se conectaba con otros caminos, ya que por estas vías de comunicación se fue expandiendo el dominio inca por la región.

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Mapa del Recorrido – maps.google.com

El Valle de la Luna

Para nuestra visita al Valle de la Luna, saldríamos de la agencia de turismo a las 4:00 de la tarde. Partimos con unos minutos de retraso y al llegar al punto de control había mucha cola. Pasado este punto, vimos un cambio total en el paisaje. Esta vez sin vegetación, todo de color marrón y algunas partes blanquecinas, donde el viento se había encaprichado, en moldear a su antojo, las rocas y dunas de arena, elaborando un paisaje que te traslada a otro planeta.

Sabiendo que éramos de los últimos, el guía creyó que sería mejor empezar por el final y así lo hicimos. Subimos una cuesta, donde veíamos los ciclistas (que no habían querido pagar por el tour), esforzarse para alcanzar la cima del tramo más empinado, y nos fuimos directos al último punto del recorrido. Allí vimos las Tres Marías, unas esculturas formadas por la erosión del viento y junto a ellas, una roca que parece una cabeza de dinosaurio saliendo de la tierra rodeada de huevos gigantes.

Nuestro guía nos hizo ver varias figuras que tenían unas formas muy claras, y otras no tanto, y nos contó de varias interpretaciones que habían hecho otros turistas. Por ejemplo, ver a pac-man en la cabeza del dinosaurio o una pareja desnuda abrazándose en la María del centro.  También comentó que antes, se podía circular libremente por toda esa zona, pero que lo han restringido porque los visitantes se hacían fotos tocando éstas obras de la naturaleza, y un chico había roto una de ellas.

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Deshicimos el camino hecho, un tramo en el minibús y otro caminando. Pasamos junto al anfiteatro y al pie de la Duna Mayor, dos puntos con mucho reclamo dentro del valle, pero no teníamos demasiado tiempo y fuimos avanzando hasta llegar a la entrada de una caverna.

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La caverna es una cueva natural completamente formada de sal endurecida. Nos adentramos por un pasadizo entre las montañas hasta llegar a la boca de la hendidura, cada uno con nuestro frontal o linterna, en la parte más oscura. Al principio, Gaby no sabía si entrar ya que es un lugar muy estrecho y no recomendable para claustrofóbicos pero al final se animó.

Había partes en las que ni siquiera podíamos pasar de pie, sino que, teníamos que agacharnos y cuidar de no golpearnos la cabeza. Llegamos a un punto en el que nos detuvimos para escuchar las explicaciones del guía, en cuclillas por el espacio reducido. Iluminamos una roca  que quedaba a un costado y pudimos observar que era hecha de sal, ya que al iluminarla se veía transparente y se podía percibir el interior de la misma.

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Fue muy interesante aunque Gaby no dejaba de pensar en ver la luz natural del final del camino y encima el guía nos dice, bromeando, “imagínense qué pasaría, si empieza un terremoto en este momento”. Salimos disparados y seguimos unos metros hasta ver la luz del día, trepamos por la ladera que quedaba a la derecha para hacer el trayecto de vuelta por encima de la caverna y regresar al vehículo.

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El sol ya estaba cayendo y solo nos quedaba ir al mirador donde veríamos el atardecer. Salimos del valle en dirección al mirador de Kari. Desde este punto, se aprecia una vista aérea del Valle de la Luna, que con el ocaso adquiere unos colores muy interesantes, conformando un espectáculo natural magnífico. En el mirador se encuentra la famosa Piedra del Coyote, donde se podía hacer fotos en el borde. Ya hace un tiempo que se ha prohibido el acceso porque la roca tiene una fisura y se teme que, en cualquier momento, ceda. Hay unas cuerdas que prohíben el acceso, sin embargo, igual hay mucha gente que salta la cuerda y se acerca al abismo para inmortalizar el momento. Eso mismo hizo Gaby y se acercó, mientras yo intentaba hacerle una foto e ignorar los nervios por el respeto a las alturas.

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Mapa de recorrido – maps.google.com

Regresamos a San Pedro de Atacama y así terminamos de explorar el desierto. Esa noche, después de cenar, nos fuimos directo al hostal a preparar nuestras mochilas rojas, llenos de emoción y expectativa por los días venideros. La mañana siguiente, saldríamos a una de las excursiones más esperadas del viaje: El Salar de Uyuni.

Información Práctica:

Transporte:

Iquique-Calama: Compañía Turbus – Precio del billete: 9,200 CLP / 14 USD – 5 horas

Calama-San Pedro de Atacama: Compañia Turbus – Precio del billete: 3,200 CLP  / 5 USD – 1 h 30´

Hospedaje: Nos hospedamos en dos hostales diferentes que numeramos en orden de preferencia a continuación:

  1. Eden Atacameño:  Precio por noche en habitación privada con baño compartido: 24 USD.
  2. Hostal Alabalti: Precio por noche de una cama en un dorm de 4 con baño compartido: 13 USD.

Tours: Contratamos los tours con Lithium Travel y recomendamos mucho ésta agencia. Los guías estaban preparados y fueron muy amables y divertidos. Los precios que ofrecen son competitivos pero realmente casi todas las agencias ofrecen el mismo precio. Las comidas deliciosas y buenas porciones.

Lo que no puedes dejar de visitar: Piedras Rojas y ver el atardecer en el Valle de la Luna.


Si necesitas más información o tienes alguna pregunta sobre nuestro post, déjanos un comentario  o escríbenos a mochilasrojas04@hotmail.com

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Una semana de buses

Nos encontrábamos en Iquique, Chile en uno de los mejores hostales del viaje, el Backpackers Hostel. Nos pudimos haber quedado varias semanas allí, pero, lamentablemente, Chile es un destino muy caro y debíamos avanzar. La noche siguiente, viajaríamos a Calama para llegar por la mañana y tomar otro bus hacia San Pedro de Atacama, la última parada después de una semana con más buses que días.

Esa tarde nos relajamos en el hostal; nos preparamos una pasta deliciosa y la disfrutamos muchísimo ya que no habíamos comido un plato casero en meses. La acompañamos con un buen vino chileno. Quico estaba muy contento escribiendo el post de Cusco, al son de una canción de Ike y Tina Turner, mientras yo, saqué mi cuaderno, y empecé a escribir el ajetreado recorrido que habíamos realizado hasta el momento.

Nuestro plan era salir de Copacabana a La Paz y de allí movernos por Bolivia, descubriendo ese país desconocido que ha sorprendido a muchos viajeros por su belleza y autenticidad.  Más adelante, bajaríamos desde Uyuni hacia Chile y seguiríamos nuestro recorrido por el sur. La situación de los bloqueos en Bolivia se puso color de hormiga y cómo les explicamos en nuestro post anterior, tuvimos que cambiar nuestro plan y hacer una ruta diferente, después de nuestra visita al Lago Titicaca.

En la terminal de transporte terrestre de la Paz habían suspendido todas las salidas, con lo cual, solo podíamos movernos en avión. Nadie tenía certeza de cuándo se acabarían los bloqueos para poder transitar por las carreteras principales del país. En vista de lo anterior, decidimos hacer la ruta al revés: ir a Chile primero, esperando que todo se normalizara en Bolivia y posteriormente subir desde el Desierto de Atacama a Uyuni.

Pasamos varias horas viendo mapas, rutas, buses, leyendo noticias y otros blogs de viajeros y concluimos que, nuestra única opción para llegar a Chile, era pasando nuevamente por Perú, y de allí, cruzando la frontera hacia Arica, el primer pueblo de la costa chilena.

img_8999Con esto en mente, salimos de Copacabana el 27 de agosto rumbo a Puno. Volvimos a cruzar la frontera de Bolivia a Perú, ésta vez de noche, y 4 horas más tarde llegamos a la terminal. Esperamos una hora allí y embarcamos en el segundo bus del recorrido: de Puno a Arequipa. La mañana siguiente, llegamos a Arequipa y nos informaron que, para llegar a Chile, debíamos pasar por Tacna; desde allí salen los buses hacia la frontera.

El camino sería más largo de lo esperado y sabíamos que necesitaríamos dormir, en una cama, antes de llegar a la frontera. No queríamos quedarnos en Tacna, ya que los comentarios que habíamos leído, sobre este lugar, no eran muy positivos. Buscamos en la costa peruana y encontramos la ciudad costera de Ilo, cerca del camino. Samu, el compañero de piso de Quico , en Barcelona, ya le había hablado sobre ella y encima coincidimos con un bus que salía en poco tiempo, compramos el pasaje y nos fuimos rumbo a Ilo.

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Saliendo de Arequipa estuvimos rodeados de montañas con grandes campos verdes en sus faldas. Horas más tarde, pasamos a la carretera que bordea la costa y el paisaje se transformó, siendo cada vez más árido. Según National Geografic, la costa sur del Perú ya forma parte del Desierto de Atacama. Esto no nos sorprende, porque a medida que avanzábamos nos adentrábamos en el desierto. Cuatro horas después llegamos, agotados, a Ilo.

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Ilo es una ciudad poco turística al suroeste de Perú. Tiene un puerto y un malecón lleno de restaurantes y puestos de artesanías. Allí decidimos quedarnos una noche para descansar. Hasta el momento, de Copacabana a Ilo, habíamos recorrido 700 kilómetros, parando únicamente al cambiar de bus. En Ilo no teníamos nada reservado. Tuvimos que caminar con las mochilas rojas y el cansancio al hombro, hasta que conseguimos un hotel, por suerte, en pleno centro. Posteriormente, salimos a buscar algo para almorzar; nos comimos un ceviche y un arroz con mariscos, dos platillos que, difícilmente, fallan en Perú.

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maps.google.com

La mañana siguiente, desayunamos en la terraza del hotel que tenía vista a la plaza y, para variar, había un desfile y fiesta de la ciudad. No entendimos bien de qué se trataba, pero disfrutamos de la música y de la banda que se paseaba por las calles. Al rato, decidimos ir hasta la parada de buses para averiguar los horarios hacia Tacna. Por suerte, llevábamos las mochilas rojas y todas nuestras cosas, ya que justo antes de cruzar la calle hacia la parada, vimos un bus saliendo, con el letrero al frente que ponía Tacna. De una vez nos subimos, con todo en mano, porque ya no había tiempo de poner las mochilas rojas en la bodega, como normalmente hacemos.  En 3 horas, arribamos a Tacna. De nuevo cambiamos de bus y finalmente nos dirigimos hacia Chile.

Apenas llegamos a la frontera, notamos una gran diferencia en comparación a la frontera Perú-Bolivia, donde nadie nos revisó nada. En Chile los controles son más estrictos y casi nos buscamos un problema por unas manzanas que, sin querer, no declaramos en aduana. Al bajarnos del bus, agarramos nuestras mochilas grandes y después de migración, las pasamos por las máquinas de escaneo. Ni nos acordamos de las manzanas que habíamos comprado en Perú.

Cuando mi mochila pasó, un carabinero (cómo le llaman a los policías en Chile), me la revisó y las encontró. Yo todavía no caía en cuenta de la falta  que había cometido, hasta que el carabinero me trajo la hoja de declaración y me dijo que debía volver a llenarla declarando que traía esas frutas. De lo contrario, estaríamos en graves problemas con la ley chilena. Obviamente obedecí sus órdenes, declaré las manzanas e igualmente ellos las decomisaron.

Más adelante, estando en territorio chileno, nos vimos en medio de una tormenta de arena, y el bus tuvo que detenerse varios minutos por la falta de visibilidad. Pasado ese tramo,  el paisaje que apareció en nuestra ventana era hermoso. La carretera pasa justo al lado del mar y yo estaba tan feliz de ver ese azul, como si nunca lo hubiese visto.

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En unas 3 horas llegamos a Arica y nos hospedamos en el Arica Surf House. Arica es una ciudad con una mezcla de mar y desierto, muy turística durante el verano, pero que atrae a surfers, de todas partes del mundo, en cualquier época del año. Salimos a caminar por el centro y llegamos a una plaza con una fuente, una vieja locomotora y edificios coloniales alrededor, entre los que estaban la vieja estación del ferrocarril que llegaba hasta La Paz.

En el horizonte veíamos la silueta del Morro de Arica, un cerro de unos 130 metros de altura, con el Cristo de la Concordia en la cima, el cual simboliza la paz entre Chile y Perú. En el hostal ofrecían varios tours arqueológicos por la zona, pero con el tiempo limitado que teníamos no pudimos hacer ninguno.

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Esa noche en Arica, mientras leíamos en las camas del dorm, las ventanas vibraron. Yo sentí que había temblado y otro chico, que estaba en la habitación, se levantó preguntándonos si habíamos notado el temblor. Quico creyó que era el viento, pero el chico dijo que en esa zona de la ciudad no suele soplar un viento tan fuerte. Yo, como siempre, busqué en internet enseguida y, efectivamente, fue un temblor de 4 grados a pocos kilómetros de la costa de Arica.

Por la tarde, al día siguiente, nos fuimos a la terminal, para coger nuestro bus hacia Iquique, desde donde escribía en mi cuaderno. Iquique está a 300 km de Arica y todo el paisaje que observamos, por la ventana del bus, era muy desértico.

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 Aunque llegamos reventados, porque Chile no está eximido de imprevistos, Iquique nos dio muy buena vibra desde que vimos la ciudad completa, por la ventana del bus, al ir bajando por una duna que hay que bordear para llegar. Resulta que están arreglando la carretera que conecta Arica con Iquique, y solo dejan pasar coches cada cierto tiempo. Nosotros esperamos hora y media dentro del bus, sin movernos. Y fuimos afortunados porque la espera podía ser de cinco minutos hasta dos horas, dependiendo del momento en el que el bus llegase al punto del cierre. Para rematar, cuando ya estábamos llegando a Iquique, se pinchó una llanta. El chofer y el copiloto tuvieron que bajarse a cambiarla, mientras nuevamente esperamos dentro del bus. Con todos los inconvenientes, el trayecto que normalmente dura 4 horas, para nosotros, fue de 8.

Hasta Iquique ya habíamos recorrido 1,190 kilómetros y para llegar hasta San Pedro de Atacama aún nos quedaban 490 kilómetros por recorrer. Al estar en Iquique, decidimos relajarnos un poco. Desde que entramos al hostal supimos que mínimo nos quedaríamos dos noches. Yo estaba agobiada y cansada de moverme tanto, necesitaba quedarme más de una noche en el mismo lugar y poder dormir tranquilamente, sin tener que despertarnos pensando en hacer la maleta rápido para subirnos en otro bus.

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El Backpackers Hostel está ubicado a una calle de la playa y en el tiempo que estuvimos allí aprovechamos para tirarnos en la arena escuchando el mar y mirando a los surfers en el horizonte. Realmente necesitábamos relajarnos e Iquique nos ofreció el ambiente ideal para hacerlo. Hay un paseo muy lindo que bordea la playa, por el cual caminamos hasta llegar a una especie de península, que separa la ciudad y conduce hacia otra playa. Igualmente, allí nos sentamos a contemplar el panorama de nubes, pelícanos y montañas de arena en el fondo.

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La ciudad de Iquique está ubicada entre el mar y la Cordillera de la Costa, rodeada de dunas altas de hasta 800 metros, que, desde la playa, se observan como paredones gigantescos de arena. Es un lugar perfecto para veranear, encantador, con un ambiente playero, relajado y divertido. Por esto y por su famosa Zona Franca, Iquique atrae muchos visitantes nacionales y es una parada muy común para los viajeros desde y hacia Perú.

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La ciudad está llena de letreros que dicen “Zona de Tsunami” y no nos sorprendió, siendo Chile un país sísmico. A mí me puso un poco nerviosa pero los chilenos ya lo tienen bien asumido. Además, hay unos edificios muy altos justo al borde del mar, como en Panamá, pero allí me sorprende que vivan, tranquilamente, sabiendo que, en cualquier momento, se sacude la tierra y tienen que salir corriendo antes de que el mar vuelva a reclamar su espacio.

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Luego de unos días muy agradables en Iquique, emprendimos el camino hasta San Pedro de Atacama. Primero, cogimos un bus nocturno de 5 horas hasta Calama (no hay conexión directa a San Pedro de Atacama) y llegamos a las 6:00 de la mañana a la terminal. Todavía no había salido el sol y  esperamos para abordar el siguiente bus. Dos horas más tarde, finalmente llegamos al famoso pueblo en medio del desierto.

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maps.google.com

San Pedro de Atacama es un pueblo pequeño y bastante turístico, ya que se encuentra cerca de varios puntos de interés del Desierto de Atacama. La experiencia completa de Atacama se las contamos en nuestro  post: Explorando Atacama.

Y así, terminó nuestro recorrido de Copacabana hasta Atacama. Fueron 8 buses en 7 días, 1,680 kilómetros e incontables horas, considerando todos los imprevistos. Fue una semana difícil, pero al final del día, además de tenernos el uno al otro, conocimos, admiramos y disfrutamos de más rincones sorprendentes en esta región. Todo es parte de la aventura y, como siempre decimos, si tuviésemos que hacerlo todo de nuevo, lo haríamos indudablemente.


 

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